En el principio —si es que hubo uno— los analistas afirmaban que la Hoja era finita. Decían que, aun cuando sus filas descendían más allá de la mirada humana y sus columnas se extendían como una llanura perfectamente cuadriculada, todo documento debía tener un borde. Pero los usuarios más antiguos, los que habían pasado generaciones navegando entre celdas, sabían la verdad: la Hoja no termina.
Cada celda contenía un valor. A veces un número trivial, a veces una fórmula que referenciaba otras fórmulas, que a su vez se enlazaban con expresiones tan remotas que ningún cursor las había visitado jamás. Los sabios aseguraban que existían celdas cuya única función era depender del resultado de otras celdas igualmente inútiles, como si el universo hubiese sido diseñado para justificarse a sí mismo mediante cálculos recursivos.
Los Navegadores —una orden de exploradores equipada únicamente con atajos de teclado y una paciencia casi litúrgica— intentaron mapear la extensión del documento. Uno de ellos, la legendaria Analista-Σ, relató haber presionado la tecla de desplazamiento hacia abajo durante tres días completos sin que el número de fila dejara de incrementarse. “Allá donde el índice pierda sentido”, escribió en su diario, “la Hoja seguirá”.
Algunos filósofos proponían que la Hoja no existía para ser consultada sino para ser interpretada. Decían que cada combinación de valores posibles ya estaba presente en algún rincón remoto: presupuestos exactos para empresas que no existían, calendarios de años aún no vividos, matrices de errores para programas jamás escritos. Todo aquello que pudiera ser calculado estaba en la Hoja. Por lo tanto, todo aquello que pudiera imaginarse también.
Otros, más sobrios, afirmaban que el misterio no estaba en la Hoja, sino en la Fórmula Primordial. Una expresión tan inmensa que contenía, mediante referencias encadenadas, todas las demás fórmulas posibles. Algunos afirmaban haberla visto: un conjunto de paréntesis que se cerraban sobre sí mismos como un laberinto, imposible de auditar. Pero tal visión conducía a la locura: quienes la contemplaron intentaron resolverla manualmente, y sus vidas se diluyeron en un cálculo interminable.
Yo he pasado años desplazándome entre celdas vacías o repetidas. A veces encuentro pequeñas anomalías: un número primo situado en medio de una fila de ceros, un comentario dejándose ver como una voz en el margen, un rango coloreado sin explicación. Son como huellas de otros usuarios perdidos en la inmensidad, testamentos de que no estoy solo en esta búsqueda interminable.
Hoy, por primera vez, me atreví a usar la función “Ir a…”. Introduje una referencia inconcebible, un número de fila tan grande que apenas podía pronunciarlo. La interfaz tardó un instante, como si el universo se contuviera para responder. Y entonces la pantalla se movió.
Lo que apareció allí era una celda en blanco.
No debería sorprenderme. En la Hoja, lo desconocido es siempre igual a lo posible, y lo posible a lo infinitamente vacío. Sin embargo, al observar ese espacio limpio, tuve la certeza de que ninguna exploración bastaría. Allí, en la nada impoluta de esa celda, comprendí la naturaleza de la Hoja: no es infinita porque contenga todo, sino porque siempre puede contener más.
Acabo de escribir estas líneas en una celda próxima. Si algún Navegador llega aquí algún día, sabrá que otro antes que él buscó un límite… y no encontró nada.
Porque la Hoja continúa.
Y continuará.
Creado por Copilot a partir de un prompt del autor